viernes, 7 de noviembre de 2014

Corazónes fríos

Decido comenzar por la parte en que se derrite el hielo que cubre a un corazón frío. 

Cuando dos personas heridas están juntas no suelen avergonzarse de cuantas cicatrices llevan en la piel o cuantas cicatrices llevan en el corazón.
Ellas saben cuidarse mutuamente.

Me reflejé en sus ojos, en sus desilusionadas pupilas de color café. Quise contar sus pestañas, las veces que él parpadeó, quise observar mas de cerca cómo entrecerraba los ojos al reír.
Su mirada me recordó a una niña que sabía lo que era estar sola tanto tiempo, lo que era sentir una corriente de viento helado dentro del cuerpo.

Íbamos recorriendo el mismo camino, en el que las pisadas de los incomprendidos quedan marcadas, pero él había recorrido ya varios kilómetros más.   

¿Cómo voy a olvidar las manos que tantas veces jugaron entre mi cabello?
Que en incontables ocasiónes  supieron reconfortar mis emociones y me devolvieron el aliento.

Mientras yo me encontraba sanando sus heridas, inconsientemente él estaba sanando las mías.
Éramos como dos corazónes fríos, que en el desesperado trayecto a la salvación habían coincidido, quizá por causa del destino o por mera casualidad, pero el dolor de los dos los había unido.
Eran como dos gotas de agua y como dos polos opuestos a la vez.

Él es un chico que no conoce las limitaciones. Con sed de vida, con sed de emociones.
Ví sus cualidades, vi todos sus defectos y aún así me percaté de que no había nada en él que yo quisiera cambiar, para mí él ya era perfecto.




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