Y, quizá si las cosas no hubieran sucedido de ésta manera, en éste momento yo me encontraría siendo asfixiada por todos mis errores y mis malas decisiones.
Me estaría dando cuenta de que efectivamente, todo lo hice mal otra vez.
Como siempre.
Y lo estaría notando tarde, tal vez muy tarde.
Soy de esas personas que hasta que están tocando fondo se dan cuenta de que todos tenían razón, excepto yo.
De alguna forma ya lo esperaba. Todo lo que dijo. Lo presentía porque él es igual a mi. Incluso se en qué momento dejó de sentir amor por mí, porque yo también lo dejé de sentir.
Probablemente fue eso lo que me gusto más que nada. La conexión que se sentía tan grande y al final terminó siendo insuficiente.
Quería apoyarlo. Quería estar con él.
Los dos estábamos cayendo en pedazos.
Tratar de sostenerlo cuando yo no podía mantenerme de pie, era ilógico físicamente, pero tenía todo el sentido del mundo para mí.
Quería hacerlo feliz. Darle una felicidad inexistente, que yo no poseía; sin embargo, estaba segura de querer darle todo, aún lo que a mi me hacia falta.
Lo abracé durante un largo rato.
Él hizo lo mismo.
Él hizo lo mismo.
Estaba segura de que ese sería nuestro último abrazo.
Me dijo las últimas palabras que escucharía de él como mi todo.
Y sin más se fue, en la tarde de diciembre dieciséis.
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